En un entorno más complejo y más fragmentado, la confianza en las organizaciones, las instituciones y los sistemas sigue erosionándose

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La confianza no pertenece, dentro del orden económico e institucional contemporáneo, al ámbito de las formulaciones valorativas meramente declarativas, de la gestión reputacional o de la simple deseabilidad administrativa, sino a la categoría de las condiciones sin las cuales los mercados, las instituciones, los dispositivos de supervisión y las relaciones contractuales pierden su capacidad efectiva de funcionar. En el plano económico, la confianza cumple una función de reducción de los costes de transacción, de las cargas de verificación y de las primas de incertidumbre; en el plano institucional, constituye la base sobre la cual los destinatarios de las normas aceptan cumplir las obligaciones formales no solo por efecto de la coerción, sino también por razón de la legitimidad que les reconocen; en el plano jurídico, opera como un principio ordenador implícito en la atribución de responsabilidades, en la estructuración de los deberes de diligencia, en la valoración de la proporcionalidad de las intervenciones supervisoras y en la apreciación de las expectativas legítimas entre actores privados y públicos. Mientras las relaciones sociales permanecen estables, este papel estructurante de la confianza suele mantenerse parcialmente invisible, porque las rutinas, los procedimientos consolidados y la legitimidad acumulada con el tiempo absorben una parte significativa de las fricciones. En los periodos de transición, sin embargo, esa invisibilidad desaparece con rapidez. Entonces se hace evidente que la ejecutabilidad de las normas, la efectividad de los sistemas de control, la aceptabilidad de las obligaciones de cumplimiento y la credibilidad de la aplicación de las normas dependen en gran medida de que los actores concernidos sigan considerando que las instituciones actúan de manera previsible, prudente, explicable y proporcionada con respecto a los riesgos en cuestión. La confianza se revela así no como un simple subproducto residual de sistemas ya funcionales, sino como una condición constitutiva del funcionamiento mismo del sistema.

Esa constatación reviste especial importancia en el marco de la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, puesto que la contención de la criminalidad financiera y económica rara vez se reduce a la mera identificación de conductas prohibidas o a la imposición de sanciones una vez que el daño ya se ha producido. La Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera concierne, en su esencia, a la manera en que organizaciones, entidades financieras, actores de las cadenas de valor, autoridades supervisoras y otros sujetos portadores de normas identifican, evalúan, documentan, escalan y mitigan de forma oportuna los riesgos de blanqueo de capitales, fraude, corrupción, abuso de mercado, elusión de sanciones, engaño, ocultación de la titularidad, flujos financieros ilícitos y otras formas de afectación a la integridad económico-financiera. Cuando las transiciones reconfiguran el orden económico, no producen únicamente riesgos adicionales; también modifican las condiciones en las que los riesgos se hacen visibles, se formulan las comunicaciones, las relaciones con la clientela siguen siendo sostenibles, tiene lugar el intercambio de información y la aplicación de las normas resulta socialmente aceptada. La digitalización puede aumentar la escala y la velocidad de los abusos; la transición energética puede generar nuevas cadenas de subvenciones, nuevas cuestiones de valoración y nuevos vehículos de inversión; la fragmentación geopolítica puede hacer más complejos los regímenes sancionadores y más difusas las estructuras de propiedad; la escasez de mano de obra puede debilitar las funciones de control; los desplazamientos de riqueza pueden incrementar el atractivo de determinadas formas de criminalidad; y la reconfiguración de las cadenas de suministro puede introducir nuevos niveles de intermediación y una menor transparencia. En todas estas evoluciones, no solo está en cuestión la naturaleza del riesgo, sino también la medida en que instituciones, mercados y ciudadanos siguen depositando confianza en el carácter razonable, eficaz y equitativo de la respuesta de control. La confianza debe, por tanto, ser tratada, dentro de la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, como una variable sistémica central que incide directamente en la ejecutabilidad, en la capacidad de detección, en la disposición a reportar, en la legitimidad y en la resiliencia duradera frente a las consecuencias de la transición, entre ellas el desplazamiento de las oportunidades criminales, el aumento de la presión de cumplimiento, la asimetría informativa, la ambigüedad normativa y la tensión institucional.

La confianza como requisito sistémico imperativo

Dentro de la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, la confianza debe entenderse como un requisito sistémico imperativo y no como un factor reputacional accesorio que solo adquiere relevancia después de haberse satisfecho todas las exigencias técnicas y jurídicas. Un dispositivo de control de la criminalidad financiera y económica puede, sobre el papel, disponer de modelos de riesgo sofisticados, protocolos extensos de diligencia debida respecto de la clientela, instrumentos avanzados de monitorización de transacciones, mecanismos de escalado multinivel y estructuras de gobernanza formalmente coherentes, y aun así perder eficacia material cuando los actores concernidos no depositan una confianza suficiente en la coherencia, la prudencia y la racionalidad de su aplicación. La razón es que un control efectivo nunca descansa únicamente sobre una observación completa y una ejecución plenamente coercible. Toda organización depende, en medida considerable, de juicios interpretativos formulados en la práctica, de la disposición a tomar en serio señales incompletas, del intercambio oportuno de información sensible, de la elevación de sospechas que todavía no se han cristalizado en hechos acreditados y de la aceptación de que ciertas intervenciones son necesarias incluso cuando producen fricciones a corto plazo. Ese conjunto solo funciona si existe una confianza suficiente en que el sistema no atribuye los riesgos de forma arbitraria, en que las medidas no producen efectos desproporcionados y en que la respuesta institucional permanece razonablemente conectada con el interés protegido. En ausencia de esa confianza, el marco formal se convierte en un conjunto de reglas capaces de generar presión de cumplimiento sin producir, sin embargo, un control duradero de los riesgos.

Esta calificación de la confianza como requisito sistémico imperativo presenta también una dimensión jurídica directa. En numerosos contextos vinculados al control de la criminalidad financiera y económica, las instituciones están obligadas a actuar de manera basada en el riesgo, proporcionada, controlable y prudente. Esas exigencias no pueden aplicarse de forma meramente mecánica, pues las clasificaciones de riesgo, las evaluaciones de la clientela, las señales transaccionales, las verificaciones sobre el origen de los fondos y las decisiones de reporte se producen siempre sobre un trasfondo de incertidumbre y de cambio de circunstancias. La confianza constituye, por tanto, la condición en cuya presencia el margen de discrecionalidad inevitablemente inherente a tales juicios sigue siendo defendible tanto en el plano social como en el jurídico. Cuando clientes, contrapartes, empleados o autoridades públicas supervisoras perciben que las categorías de riesgo se aplican de forma arbitraria, que las intervenciones preventivas son insuficientemente explicables o que las sanciones afectan selectivamente a sujetos con escasa capacidad de negociación, no es solo el capital reputacional lo que se erosiona; es la propia infraestructura normativa del sistema la que sufre un perjuicio material. Se multiplican las objeciones y los recursos, la relación entre la autoridad supervisora y el sujeto supervisado se endurece, la energía se desplaza de la prevención a la controversia procedimental y aumenta la probabilidad de que señales relevantes queden fuera del campo visual. La confianza opera así como condición de sostenibilidad jurídica de la decisión basada en el riesgo y de aceptación institucional de las fricciones inevitablemente asociadas a la lucha contra la criminalidad financiera.

Para la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, centrada en las consecuencias de la transición, entre ellas la creciente complejidad de las estructuras de propiedad, la aceleración de las dependencias tecnológicas, la fragmentación transfronteriza de las cadenas de valor, la escasez de capacidades especializadas de control y el aumento de la presión sobre las capacidades de ejecución tanto públicas como privadas, de ello se desprende que la confianza no puede medirse únicamente ex post como resultado reputacional; debe incorporarse como condición de diseño desde el origen del sistema. En los sistemas que operan bajo condiciones de transición aumentan la incertidumbre, la temporalidad y la presión interpretativa. De ello resulta que la sola corrección formal pasa a ser insuficiente. Se requiere una arquitectura de control que no se limite a detectar riesgos, sino que también haga creíble la razón por la cual determinados riesgos son priorizados, determinados actores sometidos a un escrutinio más intenso, determinadas transacciones sujetas a verificaciones adicionales y determinadas intervenciones consideradas necesarias para proteger la integridad de los intercambios financieros y económicos. En ausencia de esa credibilidad, se crea una situación paradójica en la que una infraestructura concebida para proteger la integridad produce desconfianza y compromete así la eficacia de sus propios objetivos. Reconocer la confianza como requisito sistémico imperativo impone, por ello, un enfoque radicalmente distinto: la cuestión central no es solo la de la licitud de los controles, sino también la de su sostenibilidad institucional, su explicabilidad social y su viabilidad operativa.

El doble desafío de la confianza: tanto la criminalidad como las políticas públicas pueden comprometerla

En el ámbito de la criminalidad financiera y económica existe un doble desafío de la confianza que con frecuencia no se distingue con suficiente claridad. Por un lado, la propia criminalidad erosiona la confianza de la que dependen los mercados, las instituciones y las relaciones contractuales. El fraude, el blanqueo de capitales, la corrupción, la elusión de sanciones, la manipulación, el engaño a los inversores, la desviación de fondos públicos y otras vulneraciones de la integridad socavan, en efecto, la premisa de que las transacciones se desarrollan dentro de un marco de mínima honestidad, verificabilidad e igualdad ante las reglas. Cuando tales conductas se vuelven estructurales o se manifiestan a gran escala, no solo producen un daño directo para las víctimas o para las instituciones implicadas; generan también un daño sistémico difuso, porque los terceros empiezan a modificar sus expectativas. Los capitales se emplean con mayor prudencia, aumentan las obligaciones de verificación, la desconfianza institucional se traduce en garantías contractuales más gravosas y disminuye la disposición a confiar en declaraciones, documentos o intermediarios. La actividad económica se vuelve así más lenta, más costosa y más defensiva. Por otro lado, también las políticas públicas destinadas a combatir la criminalidad pueden comprometer la confianza cuando se diseñan o aplican de forma excesivamente brusca, opaca, amplia, estigmatizante o incoherente. Un sistema puede así encontrarse en una situación en la que tanto la infrarregulación como la sobrerreacción destruyen confianza.

Ese doble desafío exige un enfoque multinivel dentro de la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera. Un sistema que se ocupe únicamente del daño derivado de la criminalidad, sin considerar el daño que puede derivarse de medidas de control desproporcionadas o insuficientemente explicables, sigue siendo al mismo tiempo conceptualmente incompleto y operativamente vulnerable. Cuando los instrumentos preventivos conducen a la exclusión rutinaria de clientes, a exigencias documentales excesivas respecto de usuarios de bajo riesgo, a la congelación prolongada de transacciones sin un marco de comunicación adecuado, a clasificaciones de riesgo incomprensibles o a la percepción de que determinados grupos son tratados como intrínsecamente sospechosos, emerge una desconfianza institucional que no puede relegarse simplemente a la categoría de efecto colateral. En tales circunstancias, aumenta el riesgo de que las partes concernidas eviten las infraestructuras financieras formales, de que el personal interno retrase las escaladas por temor a consecuencias desproporcionadas, de que las funciones comerciales y las de cumplimiento se vuelvan antagónicas y de que se erosione el apoyo público a un reforzamiento de la aplicación de las normas. De ello se sigue que una política concebida formalmente para proteger el sistema crea, en la práctica, nuevas vulnerabilidades. Un marco creíble de Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera debe, por tanto, responder simultáneamente a dos interrogantes: qué perjuicio para la confianza amenaza cuando la criminalidad se controla de manera insuficiente, y qué perjuicio para la confianza amenaza en razón del modo en que el control se diseña, se ejecuta y se legitima.

En los contextos de transición, ese doble desafío de la confianza se vuelve todavía más agudo, porque la respuesta normativa suele desarrollarse bajo la presión del tiempo, de la visibilidad política y de una sensibilidad pública acentuada. Los riesgos emergentes vinculados a las infraestructuras de pago digitales, a la financiación de la transición energética, a las rutas comerciales internacionales, a las sanciones, a la detección basada en datos y a los canales alternativos de movilización de activos pueden ejercer una fuerte presión sobre legisladores, autoridades supervisoras y operadores de mercado para que actúen con rapidez. Sin embargo, esa aceleración aumenta la probabilidad de que las normas, las prácticas supervisoras y los mecanismos internos de control sean concebidos de manera extensiva antes que precisa. Para la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, centrada en las consecuencias de la transición, entre ellas la estratificación acelerada de las obligaciones regulatorias, la evolución de las expectativas probatorias, la creciente dependencia de guardianes privados y el aumento de las tensiones entre seguridad, accesibilidad y proporcionalidad, ello significa que la confianza solo puede preservarse si la lucha contra la criminalidad y el diseño de las políticas se evalúan conjuntamente. No solo la infracción de las normas, sino también la respuesta a dicha infracción, debe ser examinada bajo los prismas de la legitimidad, la explicabilidad, la diferenciación y la reparabilidad. A falta de ello, el sistema puede intensificar de manera visible la lucha contra la criminalidad financiera y económica mientras debilita al mismo tiempo la cohesión institucional de la que esa lucha depende. Eso no haría al sistema más seguro; lo haría más frágil.

Las dinámicas de la transición como factores de erosión de la confianza

Las dinámicas de la transición no actúan únicamente como factores contextuales externos a los que los sistemas de control existentes deben adaptarse; también operan como fuerzas activas capaces de erosionar la confianza en niveles que antes parecían relativamente estables. Una transición modifica no solo los perfiles de riesgo objetivos de productos, sectores, cadenas de valor y mercados, sino también la manera en que los actores forman sus expectativas en materia de fiabilidad, continuidad, equidad y previsibilidad. La digitalización puede acelerar la prestación de servicios y la adopción de decisiones, pero amplía asimismo la distancia entre la decisión y su explicación cuando la detección automatizada, la monitorización y la selección del riesgo resultan insuficientemente transparentes. La transición energética puede movilizar nuevos flujos de inversión e intensificar la cooperación público-privada, pero también puede reforzar la percepción de que el control sobre las cadenas de subvenciones, las estructuras de proyecto y la titularidad real avanza con mayor lentitud que la velocidad con la que se despliegan los capitales. La fragmentación geopolítica puede provocar rápidos cambios de las obligaciones jurídicas relativas a sanciones, propiedad, control de exportaciones y verificación del origen, dejando a las partes menos seguras de la solidez de las relaciones existentes. La escasez en el mercado laboral puede ejercer presión sobre la calidad de las funciones de control y de la revisión de segunda línea, mientras que la reconfiguración de las cadenas de suministro puede reducir la visibilidad sobre los intermediarios, la procedencia y la imputabilidad contractual. Cada una de estas dinámicas puede debilitar el fundamento de la confianza, no porque falten reglas, sino porque empieza a debilitarse la plausibilidad social e institucional de un control eficaz.

La erosión de la confianza rara vez se produce en un único momento claramente visible. Con mayor frecuencia, se desarrolla de forma acumulativa, a través de experiencias sucesivas de opacidad, retraso, incoherencia o distribución asimétrica de las cargas. Cuando los clientes constatan que los criterios de aceptación cambian rápidamente sin una explicación comprensible, cuando las empresas se ven repetidamente obligadas a aportar documentación adicional sin visibilidad sobre el marco decisorio, cuando los empleados observan un incremento de los volúmenes de escalado sin capacidades suficientes de revisión, y cuando las autoridades supervisoras formulan públicamente expectativas elevadas que solo resultan ejecutables de modo imperfecto en la práctica cotidiana, se instala progresivamente la sensación de que el sistema sigue imponiendo exigencias aun siendo cada vez menos capaz de aplicarlas de forma equilibrada. Esa percepción tiene consecuencias de gran alcance. Reduce la disposición a mostrar apertura espontánea, fomenta la construcción defensiva de expedientes, incrementa la tendencia a hacer solo el mínimo estrictamente requerido por el derecho y debilita la calidad de la información relacional de la que depende a menudo la detección temprana de la criminalidad financiera y económica. La confianza se erosiona entonces no solo entre cliente e institución o entre empresa y autoridad supervisora, sino también dentro de las propias organizaciones: entre funciones de primera y de segunda línea, entre roles comerciales y roles de control, entre órganos de dirección y funciones ejecutivas, y entre la decisión local y la decisión central.

Para la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, centrada en las consecuencias de la transición, entre ellas la creciente dependencia de los modelos, el acortamiento de los ciclos decisorios, la internacionalización de la transferencia del riesgo, la aparición de nuevos vehículos patrimoniales y el aumento de las fricciones entre inclusión y seguridad, resulta, por tanto, insuficiente tratar las dinámicas de la transición como simples fuentes de nuevos escenarios criminales. Es igualmente importante reconocer que esas dinámicas pueden socavar la confianza en la posibilidad de un control razonable y hacer así que el sistema sea indirectamente más vulnerable a los abusos. Una institución que disponga formalmente de todos los instrumentos exigidos, pero que en la práctica sea percibida como incomprensible, incoherente o institucionalmente sobrecargada, pierde calidad informativa, disposición a cooperar y fuerza persuasiva normativa. En ese vacío se abren entonces oportunidades para los actores que explotan la opacidad, para los intermediarios que capitalizan las zonas grises y para las estructuras que prosperan gracias a la insuficiencia del escrutinio o del control. Las dinámicas de la transición deben, por ello, analizarse como potenciales factores de erosión de la confianza directamente vinculados a la ejecutabilidad y a la efectividad de la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera. Mientras esa dimensión permanezca fuera de foco, cualquier enfoque basado en el riesgo tenderá a tratar los síntomas mientras la condición institucional subyacente sigue deteriorándose.

La proporcionalidad como principio de diseño

Dentro de la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, la proporcionalidad no debe reducirse a un estándar de control ex post ni a un principio abstracto del derecho administrativo, sino que debe tratarse como un principio primario de diseño de los sistemas, de los procesos, de las intervenciones y de la formación de la decisión. En esencia, la proporcionalidad se refiere a la cuestión de si la intensidad, la profundidad, la frecuencia y el efecto acumulativo de las medidas de control guardan una relación razonable con el riesgo efectivo, con la calidad de los indicios disponibles, con la naturaleza de la relación, con la gravedad del daño que se pretende prevenir y con la medida en que existan alternativas menos intrusivas. Esa cuestión no es solo de naturaleza normativa; afecta directamente a la funcionalidad del sistema. Cuando las organizaciones aplican sistemáticamente medidas más gravosas de lo que el perfil de riesgo justifica razonablemente, no solo aumentan los costes y las cargas de ejecución, sino que también se deteriora la calidad de la priorización. La sobrecarga de los sistemas con señales de escaso valor desvía la atención de las anomalías verdaderamente graves, las exigencias documentales excesivas reducen la utilidad de los expedientes y el uso rutinario de controles altamente intensivos dificulta distinguir la fricción ordinaria de una desviación realmente significativa. La proporcionalidad debe, por tanto, entenderse como condición de precisión, credibilidad y sostenibilidad a largo plazo del control del riesgo.

La proporcionalidad desempeña asimismo un papel central en la preservación de la confianza, porque demuestra que la lucha contra la criminalidad financiera y económica no se basa en un endurecimiento reflejo, sino en una gestión del riesgo ponderada y explicable. Para clientes, contrapartes, empleados y otros actores afectados, la diferencia entre un sistema robusto y uno arbitrario no reside muchas veces en la mera existencia del control, sino en la relación observable entre el elemento desencadenante y la medida adoptada. Cuando se exige una verificación adicional sobre la base de factores de riesgo comprensibles, cuando las restricciones son temporales y susceptibles de revisión, cuando las escaladas se formulan con referencia a preocupaciones concretas de integridad y cuando la diferenciación se aplica de forma visible, incluso una medida gravosa puede seguir siendo institucionalmente aceptable. Por el contrario, cuando casos similares son tratados de manera distinta, cuando situaciones de bajo riesgo son sometidas al mismo régimen que señales de alarma manifiestas o cuando las medidas se acumulan sin una justificación clara, surge la impresión de que el sistema ha perdido su propio sentido de la medida. Eso socava no solo la confianza, sino también la disposición a cooperar, a proporcionar información y a considerar legítimas las señales institucionales. La proporcionalidad protege así tanto la posición jurídica de los sujetos afectados como la efectividad del propio sistema.

En la época de las transiciones, la proporcionalidad adquiere una importancia aún mayor, porque la presión ejercida sobre los sistemas de control suscita a menudo la tentación de la estandarización, de la extensión y del desplazamiento del riesgo. Las nuevas tecnologías permiten analizar volúmenes inmensos de datos y detectar patrones, pero también generan un gran número de sospechas de calidad muy variable. Las nuevas incertidumbres geopolíticas y económicas incrementan la tendencia a erigir amplias barreras preventivas. Las nuevas expectativas públicas pueden inducir a las organizaciones a proyectar un grado de certeza que, en realidad, no es alcanzable. Para la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, centrada en las consecuencias de la transición, entre ellas la aceleración de los flujos transaccionales, la mayor sensibilidad a las sanciones, la brusca revalorización del riesgo sectorial, la intensificación del tratamiento de datos y la tensión entre escalabilidad y equidad individual, la proporcionalidad debe, por tanto, integrarse en la arquitectura del sistema desde el origen. Ello implica que los modelos dejen espacio al contexto, que los procedimientos de escalado no se limiten a imponer salidas binarias, que los mecanismos de revisión puedan corregir clasificaciones excesivamente groseras y que la gobernanza se oriente no solo al número de alertas o de reportes, sino también a la calidad y a la defendibilidad de las intervenciones. Un sistema proporcionado no es más blando, sino más preciso; no es menos protector, sino más capaz de mantener esa protección sin agotar su propia legitimidad.

Reparabilidad y explicabilidad

Un sistema de Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera solo puede funcionar de manera duradera si es capaz no solo de detectar riesgos e intervenir, sino también de corregir errores, inclusiones excesivas, clasificaciones erróneas y efectos colaterales desproporcionados de un modo institucionalmente creíble. La reparabilidad no constituye, por tanto, un lujo procedimental, sino un componente fundamental de la arquitectura del sistema. En todo régimen basado en el riesgo existe, en efecto, la posibilidad de que señales sean mal interpretadas, de que perfiles de riesgo resulten excesivamente groseros, de que fuentes de datos externas sean incompletas u obsoletas, de que elementos contextuales relevantes solo emerjan posteriormente o de que medidas temporales se prolonguen más allá de lo previsto originalmente. Cuando el sistema no ofrece, en tales circunstancias, ninguna vía real, comprensible y rápida de corrección, el daño causado por una intervención errónea se profundiza y se difunde. No solo la parte directamente afectada, sino también redes más amplias de clientes, empleados y relaciones comerciales, pueden inferir de ello que el sistema es capaz de actuar, pero apenas capaz de revisar sus propias decisiones. Eso perjudica profundamente la confianza, pues la legitimidad en los sistemas complejos depende también de la convicción de que la falibilidad es reconocida y de que la posibilidad efectiva de corrección existe realmente.

La explicabilidad constituye el contrapunto indispensable de la reparabilidad. Sin explicabilidad, no puede existir una valoración efectiva de las razones por las cuales se adoptó una medida, se consideró relevante una señal, se exigió documentación adicional o se restringió, interrumpió o reportó una relación. La explicabilidad no exige que cada modelo, cada régimen de detección o cada paso interno de ponderación se haga plenamente transparente, pero sí presupone que el destinatario normativo afectado pueda comprender qué consideraciones esenciales fundamentaron la decisión, qué factores de riesgo fueron determinantes, qué espacio se dejó al contexto y con arreglo a qué modalidades puede solicitarse una reconsideración. En términos jurídicos y administrativos, ello es esencial para evitar que una decisión basada en el riesgo se transforme en una práctica autoritativa cerrada, en la que los sujetos afectados padezcan las consecuencias de una decisión sin poder seguir el razonamiento subyacente. En términos operativos, la explicabilidad es igualmente importante, porque también los actores internos —analistas, responsables de cumplimiento, dirección, funciones de auditoría, autoridades supervisoras y socios de la cadena de valor— deben poder comprender por qué los sistemas producen determinados resultados. En ausencia de esa inteligibilidad, aumenta la dependencia de procesos opacos, se debilitan la contradicción profesional y el escrutinio crítico, y crece la probabilidad de que resultados formales sean aceptados sin una convicción sustantiva.

Para la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, centrada en las consecuencias de la transición, entre ellas la selección algorítmica del riesgo, el uso creciente de datos externos, la reducción de las posibilidades de intervención humana, la ampliación de las cadenas de información público-privadas y la presión institucional en favor de una actuación más rápida y más incisiva, la reparabilidad y la explicabilidad constituyen condiciones previas indispensables de la confianza. A medida que los sistemas se vuelven más complejos y más rápidos, aumenta la distancia entre el funcionamiento real del sistema y la lógica tal como es percibida por quienes soportan sus efectos. Esa distancia solo puede cerrarse si las organizaciones invierten de manera demostrable en mecanismos de reconsideración, en un razonamiento accesible, en una comunicación clara sobre el estado de los procedimientos, en plazos razonables de corrección y en marcos de gobernanza que no consideren los errores únicamente como un riesgo de responsabilidad, sino también como información sobre la calidad del diseño del sistema. Un sistema capaz de imponer medidas sin ser realmente capaz de explicarlas o corregirlas generará, con el tiempo, desconfianza, incluso si obtiene éxitos puntuales a nivel de incidentes individuales. Un sistema que, por el contrario, se muestre visiblemente capaz de explicación y corrección aumenta la probabilidad de que incluso intervenciones gravosas sean aceptadas como parte de un orden de protección legítimo. En el contexto de la transición, esa distinción es determinante para la ejecutabilidad de la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera.

Medir la confianza como resultado sistémico

En el marco de la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, resulta insuficiente tratar la confianza únicamente como un punto de partida normativo, un tema reputacional o una noción cualitativa residual invocada en el lenguaje general de la gobernanza o de la cultura sin que sea objeto de un seguimiento sistemático. La confianza debe comprenderse también como un resultado sistémico: un efecto observable de la manera en que se identifican los riesgos, se diseñan las intervenciones, se motiva la toma de decisiones, funcionan los mecanismos correctivos y se materializa en la práctica cotidiana la relación entre seguridad, accesibilidad e igualdad ante el derecho. Esto significa que la confianza no se sitúa fuera del marco de control, sino que es generada por él, moldeada por él y, en determinadas circunstancias, erosionada por él. Por tanto, un sistema no puede limitarse a constatar que las normas se han cumplido, que los procedimientos existen formalmente o que el volumen numérico de las comunicaciones ha aumentado. La cuestión esencial es si el sistema opera de tal modo que los actores implicados, incluidos clientes, empleados, socios de cadena, autoridades supervisoras, inversores y otras partes interesadas institucionales, puedan seguir considerando razonablemente que la infraestructura para el control de la criminalidad financiera y económica funciona de manera cuidadosa, previsible, no arbitraria y materialmente protectora. En el momento en que esa presuposición se ve sometida a presión, no se está solo ante un problema de comunicación, sino ante un deterioro de la calidad misma del sistema.

Medir la confianza como resultado sistémico exige, por consiguiente, una ampliación de los parámetros habituales de evaluación dentro de la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera. Tradicionalmente, el énfasis suele recaer en indicadores cuantificables como el número de alertas, la rapidez en la tramitación de expedientes, el número de comunicaciones, el porcentaje de revisiones completadas, el grado de cobertura de las obligaciones formativas o el cumplimiento formal de políticas y procedimientos. Estos indicadores siguen siendo pertinentes, pero solo revelan indirectamente en qué medida el sistema es también percibido como legítimo y fiable. Un sistema puede, por ejemplo, presentar un elevado nivel de rendimiento en términos de detección e intervención, mientras que las personas afectadas experimentan simultáneamente las decisiones como opacas, los reexámenes como lentos, los segmentos de clientes como desigualmente afectados, o las funciones de primera línea como estructuralmente privadas de un marco operativo claro. En una situación así se forma una apariencia de eficacia que, con el tiempo, se ve minada por la disminución de la cooperación, por comportamientos defensivos, por la pérdida de información y por la fatiga institucional. Medir la confianza como resultado sistémico significa, por tanto, que, junto a los indicadores clásicos de cumplimiento y de riesgo, también debe prestarse atención a la coherencia de la toma de decisiones, a la comprensibilidad de la motivación, a la proporcionalidad percibida, a la disposición a escalar, a la experiencia de remediación, a la accesibilidad de los procesos formales y al grado en que distintos actores pueden considerarse razonablemente a la vez protegidos y tratados de manera justa.

Para la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, centrada en las consecuencias de la transición, entre ellas la rápida reclasificación de riesgos, la digitalización de la toma de decisiones, el creciente uso de sistemas de detección automatizados, la ampliación del tratamiento de la información y las tensiones entre prevención y accesibilidad, este desplazamiento reviste una importancia particular. Las condiciones de transición hacen atractivo un gobierno basado principalmente en cuadros de mando que muestran rapidez, volumen y cobertura formal, porque esas métricas son manejables desde el punto de vista de la gobernanza y fácilmente comunicables al exterior. Pero a medida que el entorno se vuelve más complejo, aumenta correlativamente el riesgo de que pérdidas sustanciales de calidad permanezcan invisibles. La confianza debe, por ello, ser considerada como un resultado empíricamente relevante, capaz de mostrar si el sistema no solo hace más, sino si además funciona de una manera que sostenga, a largo plazo, la cooperación, la disposición a reportar, la calidad de la información y la legitimidad institucional. Esto exige una concepción madura de la medición, en la cual las pautas de reclamaciones, las tasas de revisión, las conductas de desvinculación, la migración de clientes, las diferencias entre segmentos, las rutas internas de escalado, los hallazgos de auditoría relativos a la motivación y las señales cualitativas procedentes de la implementación no sean tratadas como información periférica, sino como información central sobre el estado real del sistema. Un sistema que no mida la confianza corre el riesgo de permanecer ciego frente a su propia erosión.

Confianza y disposición a reportar

La disposición a reportar constituye uno de los eslabones más críticos de todo sistema que aspire a controlar eficazmente la criminalidad financiera y económica, porque la detección temprana depende en gran medida de la voluntad de individuos y organizaciones de llevar efectivamente a la atención de otros las desviaciones, las sospechas, las incoherencias y las preocupaciones de integridad. Sin embargo, esa disposición no nace automáticamente de la existencia de canales de reporte, documentos de política interna u obligaciones legales. Está profundamente entrelazada con la confianza. Quien valora si debe reportar una señal evalúa implícitamente si el destinatario actuará con competencia y prudencia, si el reporte será tomado en serio, si se evitarán repercusiones desproporcionadas, si se respetará la confidencialidad y si la respuesta institucional seguirá siendo razonablemente proporcionada a la naturaleza y al fundamento de la señal. Cuando esa confianza falta, el sistema pierde no solo información concreta, sino también la capacidad de identificar los riesgos en su fase inicial y a menudo todavía ambigua. La criminalidad financiera y económica, en efecto, rara vez se manifiesta desde el primer momento de forma plenamente demostrable; con frecuencia va precedida de pequeñas irregularidades, fricciones relacionales, cambios inusuales de comportamiento, documentación que no encaja por completo, presiones dirigidas a eludir controles u operaciones que solo parecen sospechosas cuando se consideran dentro de su contexto. Sin disposición a reportar, una parte sustancial de estas pre-señales permanece invisible.

La relación entre confianza y disposición a reportar es, además, recíproca. La confianza no solo incrementa la probabilidad de que se formulen reportes; la manera en que dichos reportes son tratados se convierte también, a su vez, en una de las fuentes más poderosas de confianza o desconfianza institucional. Cuando empleados, clientes, intermediarios o socios de cadena perciben que los reportes desaparecen en procesos poco claros, constatan la ausencia de retroalimentación, advierten que los informantes son desalentados de manera sutil o observan que las consecuencias de un reporte no son explicables, se forma entonces la impresión de que el sistema exige señales sin ser capaz de tratarlas de un modo acorde con la seriedad que afirma atribuirles. Ese efecto puede resultar especialmente dañino en organizaciones en las que la jerarquía, la presión comercial, la falta de tiempo o la sensibilidad reputacional ya constituyen obstáculos para la escalada. En entornos de esa naturaleza, cada ejemplo de gestión descuidada de reportes produce un efecto más amplio de enfriamiento cultural: las señales se comparten más tarde, se formulan con menor nitidez o se retienen íntegramente en el ámbito interno sin registro formal. De ese modo, la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera pierde un mecanismo esencial de detección. Un sistema de reporte formalmente existente puede incluso enmascarar el hecho de que la cultura real del reporte se está debilitando, porque la calidad, la oportunidad y la integridad de los reportes se deterioran sin que ello se refleje de inmediato en simples métricas de volumen.

Para la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, centrada en las consecuencias de la transición, entre ellas la reorganización de funciones, la escalabilidad de la interacción digital con la clientela, la mayor presión sobre las evaluaciones de primera línea, la creciente dependencia de señales automatizadas y la mayor incertidumbre respecto de la aplicación de normas en nuevos mercados y cadenas de suministro, reforzar la confianza como presupuesto de la disposición a reportar resulta decisivo. En condiciones de transición, aumenta la probabilidad de que empleados y partes interesadas externas se sientan menos seguros acerca del significado de las desviaciones, de la gravedad de las señales y del carácter proporcionado o útil de un reporte. Al mismo tiempo, los cambios en la gobernanza, en los sistemas y en las responsabilidades pueden debilitar la claridad de las rutas de reporte. Ello vuelve vulnerable la disposición a reportar precisamente en el momento en que se necesitan más señales, no menos. Un sistema robusto debe, por tanto, demostrar que reportar no conduce a la arbitrariedad institucional, sino a una evaluación cuidadosa, diferenciada y profesionalmente responsable. Esto requiere protección para quienes reportan, un triaje claro, un seguimiento visible, un lenguaje coherente, la ausencia de una cultura de la culpa y un reconocimiento a nivel de gobernanza de que incluso señales incompletas pueden tener valor cuando se comunican a tiempo. En este contexto, confianza y disposición a reportar no deben tratarse por separado: sin confianza, el flujo de reportes se deteriora, y sin un régimen de reporte creíble, la confianza no puede perdurar.

Confianza e inclusión en las infraestructuras financieras formales

La confianza desempeña un papel fundamental en la medida en que individuos, empresas y organizaciones sociales conservan acceso a las infraestructuras financieras formales. Tales infraestructuras comprenden no solo cuentas bancarias, sistemas de pago, crédito, asegurabilidad y canales de inversión, sino también el conjunto más amplio de dispositivos institucionales que hacen posible la participación en la economía lícita. Cuando el acceso a esas infraestructuras se vuelve frágil, ello no produce únicamente obstáculos prácticos a la actividad económica; genera también un riesgo estructural de que los actores se desplacen hacia circuitos menos transparentes, menos regulados o completamente informales, en los cuales la supervisión, la verificación y la aplicación de las normas resultan sensiblemente más difíciles. La confianza es doblemente relevante en este ámbito. Por un lado, las instituciones deben poder confiar en que los clientes y las operaciones pueden gestionarse sobre la base de una evaluación razonable del riesgo sin generar riesgos de integridad inaceptables. Por otro lado, ciudadanos, empresas y otros usuarios deben poder tener confianza en que el acceso a los dispositivos formales no será restringido de forma arbitraria, incomprensible o desproporcionada. Cuando esta segunda forma de confianza declina, la inclusión financiera se convierte no solo en una cuestión social o económica, sino también en una cuestión de integridad, porque la exclusión compromete la visibilidad y la gobernabilidad de los flujos financieros.

Dentro de la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera surge aquí una tensión que no puede resolverse simplemente subrayando la sola dimensión protectora de la ecuación. Un sistema que privilegia la evitación del riesgo sin suficiente consideración hacia una participación accesible y proporcionada puede contribuir involuntariamente al crecimiento de canales paralelos, rodeos basados en efectivo, intermediarios informales, estructuras extranjeras o alternativas tecnológicas que escapan al alcance de los instrumentos clásicos de control. Este riesgo resulta particularmente agudo cuando categorías de clientes o actividades son consideradas gravosas a nivel agregado sin una diferenciación suficiente según el perfil individual, el contexto o la posibilidad de remediación. En tal caso, el sistema se desplaza de la gestión del riesgo a la expulsión del riesgo. La lógica institucional de un desplazamiento así puede parecer comprensible a corto plazo, pero a largo plazo compromete tanto la inclusión como la visibilidad. Además, la exclusión estructural o una fricción excesiva pueden reforzar la percepción social de que las infraestructuras financieras formales ya no funcionan como soportes neutrales de la ciudadanía económica, sino como puertas que, en la práctica, solo permanecen abiertas de manera condicional para determinados grupos, sectores o perfiles de comportamiento. Esto daña la confianza a un nivel que supera las relaciones individuales con la clientela y afecta a la legitimidad del orden financiero en su conjunto.

Para la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, centrada en las consecuencias de la transición, entre ellas la digitalización del acceso de la clientela, el crecimiento de la elaboración de perfiles basada en datos, el cambio en las percepciones sectoriales del riesgo, los requisitos geopolíticos de cribado y la aparición de estructuras alternativas de activos y pagos, resulta por ello necesario tratar la confianza y la inclusión en las infraestructuras financieras formales como objetivos sistémicos interdependientes. En una fase de transición aumenta la probabilidad de que la incertidumbre relativa a nuevos riesgos se traduzca en reflejos de exclusión más amplios, mientras que al mismo tiempo un mayor número de actores pasa a depender de un acceso estable a los dispositivos financieros formales para adaptarse a mercados cambiantes. Esto crea, para instituciones y responsables públicos, una responsabilidad particular consistente en evitar que medidas preventivas de integridad produzcan una distancia sistemática entre las infraestructuras formales y determinados segmentos de la sociedad o de la economía. La confianza solo puede preservarse si sigue siendo visible que el rigor se combina con la adaptación al caso concreto, que la gestión del riesgo no conduce automáticamente a la denegación, que el reexamen sigue siendo posible y que la participación en la vida financiera lícita es reconocida como un valor digno de protección. Un sistema que descuide la inclusión pierde, en última instancia, no solo su legitimidad social, sino también el control operativo sobre los riesgos que pretende gestionar.

La confianza como punto de convergencia entre valores, prosperidad y resiliencia

En el contexto de la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, la confianza debe comprenderse como el punto de convergencia entre la protección de valores, la prosperidad económica y la resiliencia institucional. No pertenece ni exclusivamente al ámbito de la ética, ni únicamente al de la eficiencia económica, ni solo al lenguaje de la seguridad y la integridad. La confianza obtiene su relevancia singular precisamente del hecho de conectar estos distintos ámbitos. Sin confianza, los valores del Estado de derecho, como la diligencia, la igualdad, la previsibilidad y la responsabilidad, pierden su eficacia práctica en las relaciones económicas. Sin confianza, los mercados se vuelven más costosos, más lentos y más defensivos, porque los actores exigen mayores garantías, adoptan reservas más amplias y se muestran menos dispuestos a poner a disposición capital, información y cooperación. Sin confianza, la resiliencia institucional también se vacía de contenido, puesto que la detección temprana, la aceptación de las normas, el cumplimiento voluntario, la cooperación entre actores públicos y privados y la disposición a soportar cargas temporales dependen de la convicción de que el sistema ofrece protección de un modo razonable, legítimo y orientado al futuro. La confianza opera así como soporte común de la validez normativa, la vitalidad económica y la robustez operativa.

Esta convergencia se hace particularmente visible durante los periodos de transición, porque las transiciones someten a presión el equilibrio entre valores, prosperidad y resiliencia. Las medidas destinadas a proteger la integridad del sistema pueden, en su implementación, entrar en colisión con la accesibilidad o la previsibilidad. Los ajustes económicos necesarios para responder a nuevas realidades de mercado pueden conducir a estructuras de propiedad y financiación más complejas, capaces de generar riesgos adicionales de integridad. Las presiones políticas y administrativas dirigidas a controlar rápidamente los riesgos pueden desembocar en líneas de actuación que parecen jurídicamente defendibles, pero que son socialmente percibidas como injustas o excesivamente burdas. Cuando la confianza declina, esas tensiones dejan de gestionarse de forma productiva y pasan a experimentarse de manera escalatoria. De ello se deriva un entorno en el que los valores son percibidos como frenos a la eficacia, la prosperidad se desvincula de la legitimidad institucional, o la resiliencia queda reducida a una intensificación del control carente de atención suficiente al apoyo necesario para hacerla sostenible. Una evolución de ese tipo resulta particularmente peligrosa para la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, porque el ámbito del control de la criminalidad financiera y económica opera, por definición, en la intersección entre libertad y limitación, mercado y norma, rapidez y prudencia.

Para la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, centrada en las consecuencias de la transición, entre ellas la redistribución de flujos de capital, la aparición de nuevas dinámicas de inversión, la creciente sensibilidad social ante las desigualdades, la ampliación de las expectativas en materia de seguridad e integridad y la presión institucional para mantener los shocks dentro de límites absorbibles, ello significa que la confianza solo puede comprenderse adecuadamente como un valor sistémico integrado. No puede preservarse ni mediante la sola retórica moral, ni mediante un énfasis unilateral en los intereses de crecimiento económico, ni exclusivamente a través de un endurecimiento de la supervisión y de la aplicación. Lo que se requiere es una visión de diseño y de gobernanza en la que siga siendo visible que la protección frente a la criminalidad financiera y económica sirve a un orden social más amplio, en el cual los flujos de capital son fiables, la participación económica sigue siendo posible, los principios del Estado de derecho permanecen reconocibles y las instituciones son capaces de resistir shocks sin agotar su propia legitimidad. En este sentido, la confianza no es un derivado del éxito, sino una condición de la coherencia entre valores, prosperidad y resiliencia. En el momento en que esa coherencia se desintegra, el sistema pierde su capacidad de acompañar la transición sin producir simultáneamente nuevas vulnerabilidades.

La confianza como bisagra de la efectividad operativa de la GIRCF

En definitiva, la confianza debe comprenderse como la bisagra sobre la que descansa la efectividad operativa real de la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera. Por efectividad operativa no debe entenderse únicamente la posibilidad de implantar técnicamente reglas, hacer funcionar sistemas o seguir procedimientos administrativamente, sino la capacidad del conjunto del dispositivo para operar de manera sostenible tal como se prevé en condiciones reales de incertidumbre, presión temporal, cambio de riesgos y divergencia de intereses. Esa funcionalidad duradera presupone que los actores sigan dispuestos a compartir información, motivar excepciones, elevar señales, soportar cargas, aceptar decisiones, utilizar procedimientos de remediación y tratar las directrices institucionales como legítimas. Ninguno de estos elementos puede imponerse enteramente por coerción. Cada uno presupone un grado mínimo de confianza en el carácter razonable, coherente y protector del sistema. A falta de tal confianza, la ejecución puede seguir siendo formalmente posible, pero se vacía materialmente de contenido. Surgen entonces prácticas rutinarias de mera marcación, un empobrecimiento estratégico de la información, una construcción defensiva de expedientes, fatiga de escalado, sobrecarga de las funciones de control y una brecha creciente entre la ambición regulatoria y la práctica cotidiana. El sistema sigue existiendo, ciertamente, pero pierde la capacidad de orientar de manera creíble.

Esto convierte a la confianza en un concepto bisagra en un doble sentido. Por un lado, conecta la arquitectura formal de leyes y reglamentos, gobernanza, supervisión y control interno con la conducta efectiva de quienes deben sostener el sistema. Por otro lado, conecta la ambición preventiva con la aceptabilidad práctica. En el ámbito de la criminalidad financiera y económica, esta conexión reviste una importancia particular, porque una intervención demasiado limitada crea espacio para los abusos, mientras que una intervención demasiado pesada o mal dirigida puede comprometer la cooperación y la legitimidad necesarias para hacer verdaderamente visibles esos abusos. La confianza hace posible conservar un espacio intermedio practicable entre esos extremos. En ese espacio, las instituciones pueden ser rigurosas sin volverse arbitrarias, vigilantes sin sobrerreaccionar de manera permanente, guiadas por datos sin resultar incomprensibles y normativamente claras sin ignorar la realidad social de la transición. En el momento en que la confianza desaparece, ese espacio intermedio se contrae. El sistema tiende entonces a desplazarse o bien hacia la rigidez y la sobreexclusión, o bien hacia la fragmentación y la pérdida de normatividad. Ambos resultados son incompatibles con una efectividad operativa real de la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera.

Para la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera, centrada en las consecuencias de la transición, entre ellas la mayor incertidumbre en torno a los desplazamientos del riesgo, la acumulación de expectativas regulatorias, la escasez de capacidades especializadas de implementación, la creciente dependencia de gatekeepers privados, la aceleración tecnológica y la mayor sensibilidad social frente a los tratamientos desiguales, se impone una conclusión clara. La confianza no pertenece a la periferia de la cuestión ejecutiva, sino a su centro. Determina si las medidas de control conservan apoyo, si las estructuras de reporte y escalado funcionan, si los mecanismos de remediación resultan creíbles, si las infraestructuras financieras formales siguen siendo accesibles y gobernables, y si el sistema en su conjunto es capaz, en condiciones de transición, de proteger al mismo tiempo la integridad y la legitimidad. La confianza, por tanto, no es un factor blando opuesto a un cumplimiento duro, sino la condición en cuya presencia cumplimiento, supervisión, detección y aplicación adquieren significado práctico. Allí donde existe un nivel suficiente de confianza, la Gestión integrada del riesgo de criminalidad financiera puede absorber las consecuencias de la transición sin debilitar su propia estructura de soporte. Allí donde la confianza falta, incluso un dispositivo que parezca pesado, técnicamente avanzado y formalmente robusto encontrará dificultades para realizar sus objetivos de manera duradera. Ello convierte a la confianza en la bisagra central de una efectividad operativa real en una época en la que los riesgos que afectan a la integridad financiera y económica no solo aumentan, sino que además se hallan cada vez más estrechamente ligados a la reconfiguración estructural de los mercados, las instituciones y las expectativas sociales.

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